Cuando el corazón está en juego, irse nunca es fácil; menos cuando es uno el que se queda. Cuando te fuiste, yo te dije que te quedaras. Cuando te fuiste, yo me quedé un ratico más para que retrocedieras. Cuando te fuiste, yo te abracé más fuerte de lo normal. Cuando te fuiste, se me salieron un par de lágrimas que me dolían en el estómago. Cuando te fuiste, yo te mostré toda mi debilidad. Pero cuando diste media vuelta, yo no te pregunté por qué te ibas. Qué me iba a importar la razón, si yo no iba a entender que la gente se marcha. A mí, para serte sincera, poco me importaba que te fueras. Si hasta la vida misma nos deja por la muerte… Lo que no entendía era por qué no te ibas solo. Por qué tenías que llevarme contigo, habiéndome dejado. Por qué yo veía mi imagen yéndose contigo, si mi cuerpo se quedaba conmigo. Y ahí está la mierda de tu partida: Cuando ya no estabas, no faltabas tu sino algunas partes mías. A esa canción, le faltaba un estribillo. Ese café, sabía menos o más dulce. Mi piel sudaba distinto. Mis ojos también enfocaban el paisaje de forma diferente. Pero no era tu ausencia, no… Era algo mío, que se había ido contigo; porque lo difícil de quedarse es que hay algunas piezas que se van. ¡Y no creás que eran muchas! ¡No creás ni siquiera que eran la mitad! Sin embargo, esos milímetros, esos centímetros, que te llevaste contigo, pertenecían tanto al fondo de mi esencia que aunque yo me había quedado, no estaba.
domingo, 22 de febrero de 2015
Cuando te fuiste...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario