“Es imposible que yo no vuelva mañana a este lugar… Soy un soñador tengo tan poca vida real que este tipo de encuentros casi nunca me ocurren y no podría dejar de repetirlos muchas veces en mis sueños… voy a soñarme con usted toda la noche, toda la semana, el año entero, así que mañana vendré sin falta a este mismo lugar a esta misma hora y seré feliz recordando lo ocurrido…” (Noches Blancas, Fedor Dostoievski)
Hay días en que me levanto con una desesperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana no están al alcance de nuestras manos,1 y entonces pensaba que las cosas que me ocurrían eran el fin del mundo… todos los días me levantaba triste… pero ¿qué es estar triste?, ¿ligar los episodios que nos pasan a una condición? O es lo que todos sino la mayoría hacemos… ¡decir que estamos tristes!, yo creo que la felicidad es el complemento o la otra cara de la tristeza, y es cierto que la felicidad es subjetiva.
Dice Ernesto Sábato desde su eterna libertad que la sociedad se esta consumiendo sola, él lo vio y expuso lo que pensaba a la edad de 89 años cuando ya había vivido una vida completa.
Yo tengo 20 años y siento como si ya la hubiera vivido, o no se si a veces siento que lo que he visto ya ha sido suficiente, y muchos días no quiero ver más… así como decía Andrés Caicedo en su obra ¡Que viva la música! en donde asegura que vivir más de 25 años es una vergüenza a lo que al respecto Alberto Fuguet2 dice: “Caicedo es el eslabón perdido del boom. (…) Era mucho menos el rockero que los colombianos quieren, y más un intelectual. Un nerd súper atormentado. Tenía desequilibrios, angustia de vivir. No estaba cómodo en la vida. Tenía problemas con mantenerse de pie. Y tenía que escribir para sobrevivir. Se mató porque vio demasiado”, dice3
Es que todos los días parecieran lo mismo, una continua repetición de imágenes, pero si prestamos un poco más de atención sabremos que no es así. Al menos algunos jóvenes que vemos con la tristeza que atañe a los viejos como los días se nos van si tan siquiera poderlos sentir.
"Yo tuve veinte años —escribió el escritor y filósofo francés Paul Nizán— y no dejaría que nadie dijera que esa es la edad más bella de la vida”.
Estoy de acuerdo con Nizán, porque nosotros, los que contamos con la mala suerte de tener que trabajar a tan temprana edad no estamos a gusto, ni siquiera en el mejor de los casos cuando pensamos que quizá en un futuro el esfuerzo se verá recompensado pero entonces otro tipo de angustia me embarga, pues de que me servirá tener solvencia económica si ya no cuento con juventud, si ya no tengo tiempo, si ya no tengo energía y si sencillamente ya no quiero hacerlo, no debería ser así, pero es un molde que la sociedad latinoamericana ha construido como resultado de su transformación política, social y democrática y no nos podemos salir, es muy difícil. Insisto en que de ese grupo de personas algunas se han conformado, se han resignado, yo me tomo el atrevimiento de asegurar que no lo he hecho, pero voy aceptando entretanto esta condición, y como bien lo ha dicho Sábato a través del arte es que consigo resistir. Entonces nos convertimos en soñadores, y a pesar de todo la fe que nos mantiene en pie cuando muchas veces la voluntad pareciera no responder, tambaleamos. Me pregunto cuanto aguantaremos…pero miles de casos merodean por estos días en los que brillantes jóvenes no logran resistir a algún modelo de vida de tantos quebrantados que rondan la ciudad. Como esta mañana por ejemplo que leí la trágica noticia de que un estudiante de la Universidad Nacional acongojado por su precaria situación económica tras la muerte de su padre y asegurando que estaba aburrido de la vida decidió ponerle fin a sus días. Digo trágica porque era de los pocos que no se habían conformado. Pero es que somos minoría.
Entonces esta el trabajo, como decía un amigo mio; “ es una forma de agotamiento físico y emocional que nos distrae de la verdadera existencia, de la verdadera felicidad…”, por eso pienso que viene mi relación con el tiempo, tal vez y en gran medida porque siento que la existencia se desperdicia afanosamente y para mí una obsesionada con el tiempo no es infinita cuando tengo un reloj frente a mis ojos marcando uno a uno los minutos, mientras me recuerdan que no estoy siendo feliz, tengo lo que necesito pero no lo que quiero, si despertase podría
librarme de una u otra forma de estas “cadenas” invisibles, pero entonces esta otro asunto, el mundo en si, el contexto que nos rodea… la muchedumbre de la que hago parte, pero aún no me he resignado, soy consciente.
¿Qué es lo que sinceramente hacemos a diario?, a veces no es sino una constante lucha por usar lo que nos rodea para llegar algún lado (que es lo que yo hago), a pesar de que algunos caigan en rutina.
Ernesto Sábato desde su hermosa libertad (esa que trasciende las definiciones pragmáticas y es más real), ha visto lo que sé que muchos seres humanos, habitantes de este planeta sentimos, pero que justamente no nos concebimos en el derecho de manifestarlo a viva voz, sino que se convierte en algo muy personal y privado. No estoy segura de si existe nombre para una nueva corriente de pensamiento en la nueva generación que cree que el mundo es un lugar inhabitable, que es “for those who don´t feel at all” como dice la canción Cheap Universe (Banda Bogotana), y que por tanto no hay manera de que nuestra estirpe se prolongue, porque creemos que el panorama es desolador.
“YOU KNOW I CAN CHANGE, I CAN CHANGE I CAN CHANGE, I CAN CHANGE BUT I´M HERE IN MY MOLD I AM HERE IN MY MOLD AND I´M A MILLION DIFFERENT PEOPLE FROM ONE DAY TO THE NEXT I CAN´T CHANGE MY MOLD NO, NO, NO, NO, NO”
Ayer recibí la carta de un muchacho en la que me dice “tengo miedo del mundo”. Dice Sábato en su libro. Ese muchacho hubiera podido ser yo, así que le hubiera escrito que tenia razón, que aunque el futuro pareciera niebla y el pasado también, teníamos el presente y que mientras resistiéramos con el arte y las letras podríamos sobrevivir un poco más….. y bueno, si no fuese así, no estaría escribiendo esto ahora mismo….
Se trata de fe, no hay duda.